Enemigos
Esta lista tiene 102 enemigos de Phantom Blade Zero de 9 regiones. La Galería de los Archivos agrupa sus entradas por región, y cada entrada tiene un tipo: Caminantes enmascarados, Animales, Marionetas y Trascendencias perfectas.
102 entradas

Un hombre sin rostro vestido de púrpura cabalga a toda velocidad por el camino principal en persecución de su presa. Es uno de los asesinos de la Orden, experto en rastrear a sus objetivos y atacar cuando bajan la guardia. A distancia, puede disparar con precisión letal incluso a pleno galope y coordinarse a la perfección con sus compañeros. De cerca, aprovecha el impulso de su caballo a la carga para asestar potentes tajos con su hoja de doble punta. Quienes se convierten en su presa suelen caer abatidos por sus disparos sin siquiera haber advertido su presencia. Incluso si logran escapar, eso solo significa que la cacería de la Orden acaba de empezar.

Los Vigilantes de las Sombras montados de la Orden cargan de frente por el camino principal, empuñando hojas de doble punta cuyos filos helados irradian una intención asesina. Se especializan en asaltos frontales y aprovechan el impulso de sus caballos al galope para acortar la distancia en un instante, dejando a sus rivales pocas posibilidades de esquivar el ataque. Los Vigilantes de las Sombras no tienen nombres, solo nombres en clave. Los sellos mentales de sus cuerpos los obligan a servir al Soberano de las Sombras sin cuestionarlo. Esta vez, el nuevo Soberano de las Sombras los ha enviado a interceptar y matar a Soul, y no se detendrán hasta que uno de los bandos haya muerto.

Los cuerpos destrozados de aldeanos dominados por completo por el Sha-Chi. Una Trascendencia fallida les arrebató la mente y la vitalidad. Una sed de sangre descontrolada los impulsa a acuchillar cuanto tienen delante con una esgrima salvaje, pero incansable. Los Caminantes enmascarados destruyeron su pueblo. La Trascendencia de la que esperaban la salvación destruyó todo lo que quedaba.

Saqueadores que usan piedras rotas como armas. Saben que no pueden imponerse de frente a un enemigo, así que se esconden detrás de otros y aprovechan cualquier ocasión. Su puntería es mala, pero un ataque por la espalda aún puede causar problemas. Con la astucia y la tenacidad de la mala hierba, sobrevivieron al hambre y a las palizas. Sus juegos infantiles de lanzar piedras en las callejuelas del pueblo quedaron muy atrás. Quizá su última inocencia fue la esperanza de que la Trascendencia les permitiera llegar a ser alguien.

Estos saqueadores portan lanzas toscas y barbadas y merodean alrededor de las hogueras. Si falla el asalto directo, prenden fuego a las puntas de sus lanzas y atacan con las hojas ardientes. Son una amenaza mayor que los demás saqueadores vestidos de azul. Para hacerse más fuertes y protegerse mejor, entregaron más que el resto a la Trascendencia.

Saqueadores aferrados a anchos escudos. Con una fuerza muy superior a la que su complexión sugiere, golpean con ellos a sus enemigos y cargan de forma temeraria. Las armas potentes, como las hachas gigantes, pueden romper sus defensas con rapidez. La Trascendencia les arrebató el rostro y la razón. Solo quedan dos órdenes grabadas en su mente: detener todo lo que tienen delante y proteger el pueblo que queda detrás. Aunque ya no queda ningún pueblo a sus espaldas.

Saqueadores armados con una hoja corta y un escudo redondo. Sus posturas parecen convincentes hasta que se revelan sus fallos: tardan demasiado en iniciarlas y se apresuran al recuperarse. Cuando alzan el escudo, dejan las piernas expuestas. Aun así, su ligereza de pies puede castigar a quien solo confíe en la fuerza. Ningún maestro les enseñó estas técnicas. Las aprendieron en los combates de los mercados y las paradas de las caravanas. Antaño esperaban ahorrar lo suficiente para buscar un maestro. Luego contaron el grano de la casa y las medicinas de sus mayores, y dejaron el sueño a un lado… La Trascendencia solo requería unos días, sin dinero ni viajes.

Saqueadores con túnicas amarillas andrajosas que blanden toscas porras erizadas de púas de hierro. Saltan a gran altura para descargar el arma con violencia o la hacen girar en una sucesión de golpes salvajes. Aquellas túnicas amarillas identificaban antes a los trabajadores del pueblo, fáciles de reconocer y de mandar. Ahora nadie les da órdenes a gritos. Solo el rojo cada vez más oscuro de sus máscaras da testimonio de sus innumerables atrocidades.

Saqueadores de complexión poderosa, con las extremidades inundadas de un potente Sha-Chi. Cargan en primera línea y blanden sus dos hachas sin contención. Cuando el hambre los asalta en combate, absorben la sangre y la vitalidad que los rodean. Ni siquiera perdonan a sus compañeros. Antaño eran los pilares de su pueblo. Los ancianos reservaban para ellos el escaso grano y la poca carne. Cuando llegaron los Caminantes enmascarados, se pusieron al frente con sus hachas. Cuando les ofrecieron la Trascendencia, fueron los primeros en aceptarla. Con el tiempo, la carne de los aldeanos se convirtió en el alimento sin el que ya no podían vivir.

Los cuerpos destrozados de aldeanas sometidas por completo al Sha-Chi. Cortan y golpean sin control con sus azadas. Su fuerza es modesta, pero sus manos son rápidas. Quizá crean que aún están trabajando, aferradas a las herramientas con las que cultivaban sus campos, recordando vagamente el rendimiento de las cosechas y el precio de los productos básicos. Pero los campos llevan mucho tiempo en barbecho. No habrá cosecha en otoño.

Mujeres enloquecidas que portan botellas de aceite de lámpara. Sus manos trascendidas ya no temen las llamas, por lo que pueden esparcir el fuego libremente y lanzarlo contra los vivos. Ya no necesitan contar cada gota de aceite de lámpara. Los fracasos de la Trascendencia producen más combustible del que jamás podrían gastar, suficiente para convertir la noche en un mar de fuego.

Mujeres enloquecidas que blanden dos picos, rápidas al cargar y feroces en sus ataques incesantes. Los Caminantes enmascarados destruyeron su pueblo. Tras la matanza de sus seres queridos, ya no tenían nada que perder. Cuando un pueblo vecino pidió voluntarios para someterse a la Trascendencia y combatir juntos a los monstruos, acudieron en grupo, con los picos que usaban para cavar pozos y unas improvisadas armaduras de hierro.

Porteadores de bombas que deambulan por la Torre Sha-Chi en busca de algo que pueda contener el Sha-Chi que se desborda en su interior. Las enormes bombas que llevan a la espalda lastran cada paso. Sin embargo, al ver a un enemigo, el Sha-Chi los impulsa a perseguirlo para morir junto a él. Los ataques de fuego pueden detonar sus bombas antes de tiempo. Pertenecían a la Secta del Trueno Celestial y se enorgullecían de su ingenio, burlándose en secreto de los espadachines que nada sabían de pólvora o mecanismos sofisticados. Sus bombas podían almacenar tanto pólvora como Sha-Chi… Cuando afloraron los defectos de la Trascendencia, ya era demasiado tarde.

Monjes cuya piel brilla como el latón. Ágiles y firmes de pies, golpean con una fuerza medida mientras su carne y sus huesos se endurecen como el cobre y el hierro en un instante. Rodean al rival y tantean sus defensas, y luego se lanzan por una abertura con un puñetazo demoledor. Entraron en la Torre de Sha-Chi para buscar a su maestro del Templo Kuye, pero cayeron en una emboscada. La explosión de un horno de Sha-Chi engulló a la mayoría de sus hermanos. A los supervivientes no les fue mucho mejor. El cobre fundido, impregnado de Sha-Chi, forjó cuerpos tan duros como el cobre y el hierro, pero consumió su razón.

Perros asilvestrados tras alimentarse de los cadáveres putrefactos de los trascendidos. Han perdido el pelo a rodales, dejando expuesta una carne roja y desgarrada. Suelen vagar en jaurías, moverse a una velocidad terrible y abalanzarse de pronto desde las sombras entre ladridos salvajes. Antaño despedazaban a los caminantes enmascarados por sus amos. Con el tiempo, aprendieron a despedazar a sus propios amos.

Saqueadores que apestan a descomposición, con la carne de un enfermizo tono negro azulado salvo por una mancha roja intensa sobre el corazón. Atacan sin control con sus dos hachas y, en su frenesí, llegan a abrirse las muñecas para rociar su sangre venenosa. La mayoría son los restos destrozados de Trascendencias fallidas, arrojados al barranco y abandonados a su putrefacción. Entonces, los aldeanos consiguieron estos hilos rojos que podían salvar vidas y los ataron alrededor de sus cuerpos y máscaras. De algún modo, aquellos cadáveres en descomposición volvieron a moverse.

Saqueadores que apestan a carne quemada y descomposición, cuyos cuerpos de un tono negro azulado ya son inmunes a las abrasadoras Llamas del caos. Con los cuerpos retorcidos y contorsionados, arrojan con todas sus fuerzas botellas de aceite ardiente, cada una envuelta en el fuego del caos. Estos saqueadores veneran esas llamas del caos. Perdidos en una locura interminable, solo su fuego puede devolverles la calidez y la paz que conocieron junto al hogar.

Locas diestras con dagas, de paso rápido y ligero. Bloquean mal y rara vez traban de frente; se deslizan de lado por instinto y, en un parpadeo, lanzan varias dagas. Esas hojas que dejan volar quizá yacieron antaño bajo una almohada, guardadas solo para defenderse. La Trascendencia convirtió todo aquel miedo en afán de matar dirigido a los vivos.

Locas de blanco sucio, hilos rojos atados a través de carne verdinegra, subiendo hasta la máscara. Henden con alabardas largas, rígidas y feroces; un tajo horizontal echa atrás a quien se acerque. Tras la Trascendencia, sus cuerpos se pudren y se descomponen día a día… El pasado que tanto se esforzaron por guardar - un hogar al abrigo de la lluvia, una comida en el fogón, el nombre de un niño… se esfuma con la podredumbre y no puede recuperarse.

Bandidos con podao, armadura tosca y gastada, máscaras espesas para reprimir el Sha-Chi. Su manejo del sable es pobre, y suelen lanzar arena a los ojos del otro para taparle la vista, esperando la ocasión de matar de un golpe. Pensaron unirse al Mandato. Sabían que debían ofrecer un obsequio para que un maestro los aceptara como discípulos. Llevaron cestas y cestas de grano y tela, pero nadie los llevó frente a una secta para que pidieran entrar. Encolerizados, abatieron a varios miembros del Mandato, escaparon a lo hondo de las montañas y vivieron como quisieron con el poder de la Trascendencia.

Bandidos hábiles que cargan podao, escudos y arcos largos. No dominan ninguno de los tres, pero su puro atrevimiento basta para que se animen a probar los tres. Su estilo tosco y poco ortodoxo puede ser sorprendentemente feroz y, si se les presenta la ocasión, tensan el arco y sueltan una flecha. No dejes que sus burlas te provoquen a lanzarte de frente. Cuando golpean los escudos con el podao, es tanto un desafío como la señal para que sus compañeros te rodeen. Después de todo, ¿qué clase de «maestro» serían sin una muchedumbre de seguidores para armar el espectáculo?

Bandidos montados armados con sables de mango largo, escudos redondos y arcos largos. Atacan con ferocidad desde la silla de montar y disparan flechas en rápida sucesión al galope. Incluso cuando los derriban del caballo, se defienden con las armas que cargan y pelean con el mismo estilo brutal y burdo que los bandidos más hábiles. Igual que su jefe, envidiaban a los discípulos del Mandato que patrullaban las montañas a caballo, convencidos de que montar elevaba su prestigio. Robaron una y otra vez caballos de caravanas y postas, y con esas monturas hicieron crecer cada vez más su negocio de asaltos y saqueos.

Bandidos con cierta habilidad en las técnicas de sable de llamas, aficionados al escarlata llamativo. Su armadura es tosca, pero su vestimenta roja llama la atención. Se quedan junto a las hogueras; al encontrar enemigo encienden una hoja empapada en aceite y arremeten a lo loco con armas envueltas en fuego. El fuego puede ahuyentar a las bestias salvajes, pero también puede emparejar a fuertes y débiles. Toman el fuego por poder, y la Trascendencia no es más que otra llama de la que pueden servirse.

Ladrones flacos, de pie ligero. Las artes de tejado y de correr por los muros de antaño sirven ahora para emboscar y esconderse. Los cuchillos arrojadizos que afilaron para sus asaltos se volvieron armas mortales apuntadas a la garganta. Una vez pensaron: robar más casas ricas, ayudar a más pobres, y así se sometieron a la Trascendencia. La máscara sonriente de comedia en la cara reprime el Sha-Chi y los presenta como «inofensivos». Al final enloquecieron; la máscara sonriente, sucia y ennegreciéndose día a día, solo los vuelve más perturbadores.

Ladrones con máscaras sonrientes de colores vivos, temerarios en sus actos e insolentes en sus gestos de provocación. Llevan varias espinas ígneas que arrojan en rápida sucesión mientras se burlan de sus enemigos. Momentos después de impactar, los explosivos detonan con estruendo y dejan un mar de fuego ardiente.

Discípulos de la Tripulación de las Aguas Tenebrosas que se sometieron a la Trascendencia para mejorar su destreza en el agua. Además de hendiduras branquiales, desarrollaron ojos protuberantes, boca ancha, labios gruesos y escamas verde azuladas: el retrato mismo de un pez. Gracias a ello, se ocultan bajo el agua y huyen por ella. También usan sus bufonadas grotescas para burlarse de los enemigos antes de reunir a sus compañeros para un ataque conjunto. Hoy pueden encontrarse en casi cualquier estanque de cierto tamaño. Incluso ellos han olvidado sus antiguos alardes de ayudar al Mandato a librar al mundo de los caminantes enmascarados.

Marionetas talladas con una sonrisa sencilla y afable no pueden hacer otra cosa que sonreír para siempre. Sonríen cuando caen en lindes de campos o caminos de piedra, cubiertas de barro y agrietadas. Sonríen cuando se abalanzan sobre los vivos, como si hilos invisibles las movieran.

Marionetas con forma de campesinas y rostros delicadamente tallados. Empezaron a aparecer en el pueblo de vez en cuando hace unos dos años. Entonces no estaban tan deterioradas ni eran tan inquietantes, y no se abalanzaban sobre los vivos para arañarlos. La mayoría de los adultos evitaba estas cosas extrañas. Los niños curiosos, en cambio, se acercaban a veces riendo y gritaban: «¡Belleza del pueblo!». Y a veces, la Belleza del pueblo alzaba la mano para acariciar la cabeza de un niño.

Marionetas con forma de ancianos y rostros retorcidos por la agonía. Quizá algo falló cuando se trasladó la conciencia de los aldeanos a su interior. Antes de que el pueblo decayese, sus gentes discutían a menudo sobre quién había ahuyentado a los caminantes enmascarados. Unos atribuían la hazaña a los héroes del Mandato; otros decían que la Dama había protegido el lugar. Los ancianos pacíficos siempre mediaban: la Dama había enviado a los héroes del Mandato para salvarlos a todos. Con el tiempo, más marionetas vagaban por el pueblo y menos aldeanos permanecían despiertos. Ahora, por amarga que sea la disputa, solo aparecen marionetas grotescas para zanjarla, arrancándose la cabeza y arrojándola contra los contendientes.

Marionetas con aspecto de eruditos, sin libros de los sabios en las manos ni palabras de virtud en los labios. Solo brota de su boca el fuego del caos, dispuesto a consumirlo todo por la Dama. Tras más de una década de estudio penoso, estos eruditos de origen humilde abandonaron el pueblo y fueron comprendiendo poco a poco la verdad: las familias poderosas controlaban todos los caminos del ascenso. Sus nobles ambiciones no eran más que una broma en las mesas de los ricos. Desesperados, regresaron al pueblo y veneraron a la Dama día y noche. Incluso en sueños anhelaban que enviara un fuego purificador para arrasar la injusticia del mundo.

Marionetas con aspecto de ancianos del pueblo, con la cabeza envuelta en un inquietante resplandor verde. Al ver a alguien, arrancan la cabeza y la estrellan contra el suelo. Momentos después, la cabeza estalla y despliega una amplia nube venenosa. Al principio, los ancianos se opusieron con firmeza a convertir el salón ancestral en un templo de la Dama. Quien lo sugería era acusado de traicionar a los antepasados. A medida que las marionetas de madera invadían el pueblo, sus protestas se apagaron. Incluso empezaron a llevar, antes de dormir, las flores rojas otorgadas por el Heraldo.

Altas marionetas con forma de mujer, capaces de «dar a luz» niños de madera que caen en pie y echan a correr al instante. Nadie supo quién difundió primero la receta: hervir una flor de seda cubierta de plegarias por un hijo en la medicina otorgada por el Heraldo, beberla y dormir con una flor roja sobre el rostro. Entonces llegarían hijos e hijas, sin falta. Obedecieron con el corazón tembloroso, desconcertadas al despertar convertidas en marionetas de madera. Pero al momento, la confusión dio paso al deleite: podían «dar a luz» cuando quisieran... Ji, ji. ¡La Dama respondía de verdad a las súplicas!

Marionetas completas de forma femenina, flexibles y ágiles. Más refinadas y fabricadas con materiales más ligeros que las del pueblo, doblan cintura y extremidades en ángulos imposibles, como si hilos invisibles las movieran, para asestar golpes mortales inesperados. Los fabricantes arrancaron de las mentes transferidas la mayor parte de los recuerdos, emociones y humanidad. Solo queda el instinto más apto para matar y la certeza de haber nacido como armas.

Marionetas completas de forma masculina y cuerpos poderosos. Más refinadas y fabricadas con materiales más resistentes que las del pueblo, sus cuerpos no se rompen fácilmente aunque estén llenos de grietas. Como si hilos invisibles las movieran, se retuercen de forma antinatural para asestar golpes mortales rápidos. Los fabricantes borraron la capacidad de las mentes transferidas para sentir dolor, pero preservaron a propósito su tenacidad. Estas «armas» se volvieron más implacables e intrépidas, y también más frías e insensibles.

Marionetas Yang defectuosas que se desplazan apoyadas en los brazos, reptando de forma antinatural por el suelo antes de abalanzarse sobre los enemigos. Quizá las mentes aprisionadas en su interior pertenecieron alguna vez a artistas marciales, lo que explicaría tal ferocidad. Pero nada de su pasado puede recuperarse. Ahora no son distintas de perros frenéticos.

Marionetas Yang defectuosas, sin torso ni cabeza, con solo cintura y piernas. Aun así patean, pisotean y cargan sin freno. Queda poca conciencia en su interior. Solo el instinto de supervivencia mantiene en movimiento estos restos.

Marionetas Yin armadas con espadas y escudos redondos de latón, muy atentas a las debilidades del enemigo. Desvían con destreza los ataques con el escudo y contraatacan al instante, empleando técnicas intrincadas y variadas. Cuando los aldeanos vieron por primera vez a estas marionetas luchar contra caminantes enmascarados con espadas de latón parecidas a implementos rituales, lo tomaron por un milagro: la protección de la Dama hecha visible. Ignoraban que cada marioneta albergaba la mente de un luchador del Mandato que había pasado años combatiendo caminantes enmascarados... El milagro que veneraban con tanta gratitud no era más que un espectáculo escenificado por los fabricantes.

Marionetas Yang expertas con lanza y escudo redondo de latón. Sus articulaciones y equilibrio están finamente ajustados para ataques feroces y defensa firme. Incluso cuando el escudo se hace añicos, pelean hasta el final con la lanza en la mano. El cuerpo de una marioneta nunca se cansa, y la mente en su interior no puede dormir. Solo le queda rumiar, en esa prisión, el odio hacia su cautiverio. No pueden mostrar ira en el rostro, ni tienen garganta ni lengua para expresar su angustia. Estas conciencias fracturadas han olvidado incluso cómo desahogarse. Toda su furia debe fluir hacia la punta de la lanza.

Espadachines de ropaje azul con el rostro reducido a una cavidad. Ya eran más diestros que los discípulos de blanco a su mando, y su esgrima se volvió aún más formidable tras la trascendencia perfecta: rápida como el viento, feroz y certera. Tras someterse a la trascendencia, voluntaria o no, eran enemigos del Mandato y no tenían adónde ir. Pangzhen también se había convertido en un pueblo muerto. Allí no les esperaba refugio. Aun así, ansiaban escapar del campamento del Mandato e internarse en Pangzhen, para ver su hogar una última vez. Quizá incluso pudieran salvar a algunos vecinos o seres queridos...

Lanceros de ropaje azul, antaño comandantes de discípulos de blanco, con el rostro reducido a una cavidad. Su manejo de la lanza era exquisito; cada movimiento tenía un propósito. Una simple estocada recta a la garganta podía dar a sus discípulos quince días de estudio. A medida que se agravaban las consecuencias de la trascendencia perfecta, supieron que sus días estaban contados. Resolvieron marchar a Pangzhen y usar su fuerza alterada para abatir tantos caminantes enmascarados como pudieran. También habían resuelto poner fin a sus vidas antes de convertirse en cascarones sin conciencia. Pero cuando volvieron la lanza y sintieron la punta fría en la garganta, algunos dudaron solo un instante...

Lanceros montados de ropaje azul con el rostro reducido a una cavidad. Cargan a caballo con la lanza baja, descargando toda la fuerza del galope en cada estocada mortal. Si un ataque frena su avance, giran la montura y contraatacan, lo que los hace difíciles de abordar. Muchos obtuvieron la túnica azul por contactos más que por mérito. Pero con la túnica llegaron vergüenza y frustración... Algunos recurrieron a la trascendencia perfecta con la esperanza de demostrar que la merecían.

Sanadores con máscaras manchadas de sangre. En lugar de brazos tienen enredaderas que extraen Sha-Chi y fuerza de vida de discípulas para curarse a sí mismos y a caminantes enmascarados. Solo los vivos quedan fuera de su cuidado. ¿Se cortaron los brazos para someterse a la trascendencia, o buscaron la trascendencia para fortalecerse tras mutilarse? Lo han olvidado, y ya no les importa. Estos sanadores perdieron el corazón y se entregaron a la dulzura de la sangre y la fuerza de vida.

Una elegante marioneta musical que acuna una cítara. Bajo sus notas claras y resonantes se oculta una intención asesina. La música destinada a matar ya no puede conservar la armonía, por lo que bloquear sus ondas sonoras azules hace que las notas persistentes se vuelvan contra ella. Cuando la epidemia arrasó Pangzhen, la mayoría de sus compañeras músicas huyeron y ellas se quedaron sin nadie a quien acudir. Un hombre había prometido ir a buscarlas para que pudieran escapar juntos. Aferradas a la cítara de la que dependían, esperaron y esperaron… Pero aquel a quien tanto anhelaban nunca llegó. En su lugar, las esperaba el arte prohibido del desplazamiento de almas.

Marionetas cantantes delicadas y de exquisita factura. Una cavidad espantosa se abre desde la mejilla hasta el cuello, desgarrada por sus gritos desesperados de auxilio cuando su conciencia quedó sellada en el interior. Sus voces, antaño hermosas, se han convertido en gritos roncos. Una y otra vez se llevan las manos a la garganta, solo para encontrar aquel hueco abierto. Impulsadas por la confusión y el dolor, arañan a los vivos, tratando de desgarrarles la garganta y recuperar sus voces perdidas de la carne cálida de su interior.

Exploradoras de Baishan que se han sometido a la Trascendencia perfecta. Fieras y letales, dominan poderosas técnicas de pierna y entran y salen del combate como el viento. Armadas con ballestas de mano, destacan en las escaramuzas y disparan virotes en cuanto se cruzan con un enemigo o se deslizan hasta un punto ciego. La Trascendencia perfecta puede entrañar riesgos ocultos, pero el peligro no les resulta desconocido. Explorar las líneas enemigas, transportar información, infiltrarse en lugares de los que pocos regresan… Cada paso por el Wulin está lleno de peligros. Si no están dispuestas a correr riesgos, ¿cómo podrán proteger a la Secta Baishan en su lucha por sobrevivir?

Guardianas de Baishan que se han sometido a la Trascendencia perfecta. Con un giro de muñecas, sus dagas gemelas giran como flores que se dispersan, mientras hojas cortas salen disparadas como meteoros entre cada intercambio de golpes. Sus movimientos conservan la gracia y la agilidad de antaño, ahora con un matiz más frío y resuelto. Vivieron la agitación de la Secta Baishan, presenciaron la tragedia causada por Dugu Linghe y vieron cómo Bi Taotao asumía el mando en un momento de crisis. Ante el largo y difícil camino para restaurar la secta, juraron permanecer junto a su líder y ayudar a los Tres Pilares de Kunlun contra los caminantes enmascarados… Pero ¿adónde han ido los Tres Pilares? ¿Acaso permanecieron de verdad a su lado cuando les tocó hacerlo?

Mujeres enloquecidas vestidas de rojo que portan hojas enormes y monstruosas. Aunque delgadas y encorvadas, despliegan una fuerza aberrante al blandir esas armas pesadas, desgarrando el aire con cada golpe. Sus ataques no tienen forma ni disciplina, solo el impulso salvaje de aplastar a todo ser vivo que tengan delante. No podían confiar en el Mandato. Tampoco en la familia, los amigos, los amantes, los dioses ni los budas. Por eso se tendieron en la mesa de Trascendencia, con la esperanza de que, con sus propias manos y una hoja como únicos recursos, pudieran abrirse paso en este mundo sin esperanza.

Vigilantes de las Sombras escogidos personalmente y bajo el mando directo de Zuo Shang. Vestidos por completo de blanco, desde el tocado hasta las botas, son fríos, serenos e imperturbables incluso en combate. Letales a corta distancia, dominan tanto el ataque como la defensa y asestan golpes rápidos y decisivos con sus hojas mientras intercalan disparos de pistola. De cerca o de lejos, sus ataques incesantes dejan pocas aberturas. En las calles mortecinas de Pangzhen, encabezan patrullas que se deslizan como sombras, cierran las calles y ocupan los patios para someter toda la localidad al control del Soberano de las Sombras Zuo.

Vigilantes de las Sombras de la Orden armados con mosquetes, a menudo ocultos en aleros altos y tejados. Sus armas tienen un alcance excepcional, lo que les permite abatir a sus enemigos con disparos precisos a larga distancia o, tras apuntar brevemente, disparar en rápida sucesión para mantenerlos a raya con fuego concentrado. A diferencia de sus compañeros que prefieren el combate cuerpo a cuerpo, estos asesinos que acechan en las sombras poseen una paciencia y una crueldad mucho mayores. Esperan en silencio el momento oportuno y luego aprietan el gatillo con una precisión letal.

Un asesino de los Hilos Vinculantes que lleva una máscara de muñeco de cabeza grande. La sonrisa de la máscara resulta aún más siniestra y aterradora junto a la enorme hoja que empuña. Su superstición en torno a las técnicas de las Llanuras Centrales los lleva a creer que estas máscaras pueden prolongar la vida, ahuyentar el mal y contener los efectos adversos de la Trascendencia. También están convencidos de que las artes escénicas y las acrobacias pueden canalizar el poder divino hacia el cuerpo, por lo que incorporaron sus movimientos a sus artes marciales y desarrollaron una esgrima salvaje y caótica, con hojas que destellan como garras y colmillos. Se desconoce si estas prácticas heterodoxas poseen realmente semejante poder sobrenatural. Lo único seguro es que sus cuerpos se han ido encogiendo hasta ser apenas más grandes que los de unos niños.

Discípulos del Mandato armados con pesadas ballestas mecánicas, apostados normalmente en plataformas elevadas para vigilar los alrededores. Aunque sus pesadas armaduras y armas los ralentizan, lanzan un silbido agudo ante la primera señal de peligro antes de abrir fuego. Si los enemigos se acercan, blanden el pesado mecanismo de la ballesta como un arma contundente. Estos centinelas conocían desde hacía tiempo la corrupción profundamente arraigada del Mandato. Antes de que Huangxing introdujera la Trascendencia perfecta, acabar con aquellos viejos males era poco más que palabrería. Después, por fin tuvieron el poder de erradicarlos por la fuerza.

Locas con armadura hecha pedazos, que usan la lanza con estocadas, barridos y golpes feroces. Sus ataques son brutales, su Sha-Chi hiela, y la gente común no puede acercárseles. Si se agarra el momento justo para quitarles la lanza, el arma se puede volver contra ellas. Antes entrenaron técnicas de lanza junto al Mandato, se pusieron la armadura y alzaron las armas contra los Caminantes enmascarados. Cuando el Mandato empezó a promover la Trascendencia perfecta, ellas también aceptaron el cambio sin dudar.

Élites bajo el mando de Huangxing. Las caras se les esconden tras máscaras de hierro negro con trazos de oro. Un pelaje pardo se monta sobre la armadura y así se confunden con la hierba y los árboles cuando se mueven por las montañas. Diestros con arco y espada, pueden acercarse y cruzar golpes si las flechas no tumban a la presa. Antes fueron del Mandato, pero, hartos de su hipocresía, hacía tiempo que se habían retirado al campo. Cuando Huangxing los llamó de vuelta, pasaron por la Trascendencia perfecta junto a él, con la esperanza de ayudarle a sostener la justicia y arrancar de raíz toda corrupción e injusticia... Las flechas que antes tumbaban liebres y gansos salvajes ahora tienen a hombres vivos en la mira.

Guardias de élite de Huangxing, armados con hojas cortas y conocidos por sus pasos rápidos e imprevisibles. En combate, lanzan cuchillos mientras se mueven y pueden recurrir a artes esotéricas para desaparecer de la vista y reaparecer sin previo aviso. La Trascendencia perfecta les dio la fuerza que necesitaban. Ya no tendrían que dejarse frenar por dirigentes inútiles, adular a los vanidosos y corruptos ni demostrar su valía a hipócritas que abusaban de su poder. Así pues, se pusieron relucientes máscaras doradas y decidieron arrancar de raíz la corrupción de la senda justa de una vez por todas.

Guardias personales de élite de Huangxing, vestidos de negro y armados con hojas anchas y pesadas. Sus técnicas son feroces y arrolladoras, y se valen de la fuerza bruta para superar la destreza. Se mueven como fantasmas: desaparecen en un instante y reaparecen cuando sus hojas ya caen sobre la cabeza del enemigo. Son honestos y afables por naturaleza, y rara vez tratan con dureza a los demás. Durante diez años se entregaron a la senda justa, pero siguieron siendo unos desconocidos, mientras oportunistas de verbo fácil se llevaban el mérito y las alabanzas. Hacía tiempo que se habían acostumbrado. Hasta que los compañeros con quienes habían compartido peligros mortales empezaron a morir uno a uno por heridas y enfermedades, mientras aguardaban unos refuerzos que nunca llegaron.

Discípulos de la Tripulación de las Aguas Tenebrosas que viven para pescar. En combate, usan sus cañas para enganchar los restos que flotan en el agua y lanzarlos contra sus enemigos. Al principio se unieron a la Tripulación de las Aguas Tenebrosas solo para acceder a sus excelentes zonas de pesca. Más tarde, sin embargo, decidieron aprovechar sus cuerpos transformados por la Trascendencia para ayudar a la senda justa. Si las cosas hubieran sido distintas, quizá seguirían a bordo de su destartalado bote, pasando los días pescando peces y camarones y tomando unos tragos cada vez que pudieran.

Discípulos de la Tripulación de las Aguas Tenebrosas, con pulpos enroscados en el cuello y patadas fieras y salvajes. Cargan balas explosivas hechas a mano que, al pegar, sueltan una descarga de rayos, paralizan al instante los miembros del enemigo y lo dejan sin poder moverse. La noticia de que los caminantes enmascarados arrasaban les despertó la sangre a estos hombres. Quisieron someterse a la Trascendencia y usar la munición que ellos mismos fabricaban para acabar con los caminantes enmascarados.

Ladrones envueltos en una niebla venenosa, con cuchillos arrojadizos recubiertos de la misma toxina. Utilizan el agua para ocultarse y esperan la ocasión de atacar desde su escondite. Hace años, después de que un robo saliera mal, huyeron presas del pánico y cayeron en aguas estancadas y contaminadas. Una extraña enfermedad se apoderó de ellos y dejó sus cuerpos putrefactos y venenosos. La Trascendencia no pudo detener la podredumbre que se extendía por sus órganos, pero al menos ya no sienten dolor. Ahora, bajo sus ridículas máscaras sonrientes, apenas quedan unos cuerpos podridos y enloquecidos.

Discípulos de la Tripulación de las Aguas Tenebrosas que usan cascos de buceo con forma de cabeza de pez y empuñan arpones de pesca. Sus barridos rompen como las olas y saltan con la agilidad de los peces. También pueden lanzar sus arpones por el aire para ensartar a sus presas. Al principio usaban los cascos para sus técnicas subacuáticas. Les dieron forma de pez como amuleto de buena suerte, con la esperanza de sentirse en el agua como peces. Pero desde que empezaron a llevarlos bien ajustados a la cabeza todo el día para contener el Sha-Chi, sus cabezas se parecen cada vez más a las de los peces.

Discípulos de la Tripulación de las Aguas Tenebrosas que usan cascos de buceo con forma de cabeza de pez y empuñan hojas pesadas con puntas redondeadas, semejantes a remos. Poco apropiadas para las estocadas, estas armas se utilizan para encadenar tajos rápidos y poderosos envueltos en un Sha-Chi desbordante. Al golpear el agua con sus pesadas hojas, también pueden levantar olas enormes que se precipitan sobre sus enemigos. Al principio, la Trascendencia perfecta parecía aportar únicamente una fuerza mayor y dejarles la mente completamente despejada. Impresionados por sus efectos, animaron a sus amigos a someterse a ella, deseosos de engrosar sus filas y acabar con los caminantes enmascarados.

La pólvora de la Secta del Trueno Celestial ya era devastadora, pero algunos discípulos aún la consideraban insuficiente y mezclaron veneno con ella para hacerla todavía más mortífera. Con el tiempo, el veneno les pasó factura. Los más afectados desarrollaron la piel verde y llagas supurantes por todo el cuerpo. Desesperados por encontrar una cura, combinaron la Trascendencia con el veneno y usaron las «bombas» que llevaban a la espalda para almacenar tanto gas tóxico como Sha-Chi. Al final, solo se convirtieron en otra de las «armas nuevas» de la Secta del Trueno Celestial.

Monjes del templo Kuye sometidos a la Trascendencia, que ahora montan guardia en la Torre de Sha-Chi. Día tras día, el hierro fundido y abrasador se vierte sobre sus cuerpos, pero permanecen inmóviles, como si se hubieran convertido en parte de la propia torre de acero. Cuando entran intrusos vivos, el Sha-Chi los pone en movimiento y desatan las técnicas de puño para someter demonios que practicaban antaño. Últimamente, extraños sucesos azotan Pangzhen. Primero ocurrió el incidente de la Mansión del Espejismo y luego se propagó la enfermedad del sueño. Después de que los fieles informaran de ruidos extraños procedentes de la Torre de Sha-Chi, los monjes abandonaron el templo Kuye para investigar su origen.

Monjes del templo Kuye sometidos a la Trascendencia, reducidos ahora a guardias de la Torre de Sha-Chi. Su arma es una hoja de nueve anillos que parece haberse fundido con sus cuerpos de acero. Sus hermanos mayores de la orden entraron en la Torre de Sha-Chi para investigar y nunca regresaron, lo que los dejó profundamente preocupados. La torre fue en otro tiempo un lugar de Trascendencia y en su interior aún quedan muchos dispositivos extraños. Si alguien con malas intenciones llegara a utilizarlos, las consecuencias podrían ser terribles… Inquietos, entraron en la torre para buscar a sus hermanos.

Monjes del templo Kuye reducidos ahora a guardias de la Torre de Sha-Chi. Sus viejos bastones de monje, que los monjes guerreros utilizaban antaño para someter a sus adversarios, se han oscurecido y desgastado con el paso del tiempo. Ahora los blanden con una fuerza brutal, descargando golpes, giros, estocadas y barridos contra cualquier intruso vivo. Solo cuando el Sha-Chi los consumió comprendieron la verdad: todas las pistas inciertas que habían seguido formaban parte de una trampa destinada a atraerlos a la torre.

Discípulos de la Tripulación de las Aguas Tenebrosas que combinan técnicas de hielo con la Trascendencia y empuñan guadañas de media luna que desprenden un frío glacial con cada golpe. Expertos en ocultar su presencia, se esconden entre la nieve y aguardan la ocasión de emboscar a sus presas. Antaño eran apasionados de la pesca en hielo que pasaban años en aguas gélidas; ahora se han convertido en temibles cazadores entre la nieve. Golpea la nieve con el Tridente de Loong para romper su camuflaje y obligarlos a salir a la vista.

Marionetas musicales, con instrumentos de hielo en los brazos. Al toque de sus dedos, las notas frías se vuelven hojas de escarcha y congelan la tierra a su alrededor. La conciencia sellada en ellos fue alguna vez de hombres famosos de las artes. Contaban la alegría y el dolor con el qin; ahora, atrapados en un cascarón helado, solo pueden tocar una y otra vez la misma música de matar, sin vida.

Marionetas citaristas vestidas de blanco, de cabello blanco y con cítaras entre los brazos, envueltas en una fría neblina. Su música encierra un filo mortal. Bloquear las ondas sonoras azules que emiten hace que las notas residuales se vuelvan contra ellas. Al principio, gentes del Wulin les enseñaron algunas técnicas de arte espectral que hacían danzar la nieve sobre sus cuerdas para realzar sus actuaciones. Después llegaron unas monedas de plata, suficientes para convencerlas de componer canciones y letras para la Dama. Por último llegaron una receta y un cuenco de medicina. «Beban esto y no contraerán la extraña enfermedad ni se convertirán en marionetas».

Asesinos de la Secta de los Hilos Vinculantes que combaten con técnicas extrañas e imprevisibles. A veces apoyan las hojas en el suelo y avanzan a toda velocidad, casi rozando la tierra. Otras veces saltan de pronto y lanzan estocadas con sus dos hojas desde ángulos retorcidos y antinaturales. Cuando entran en frenesí, se arrancan sin pensar en las consecuencias la larga espada de la coronilla y atacan con golpes rápidos y despiadados. Pulen sus hojas con la sangre de los vencidos o dejan que su propia sangre empape la tierra.

Marionetas Yang con cañones de mano de aleación; la mano derecha queda reemplazada por completo por un arma de fuego. Destruir al rival es el único sentido de que existan. Se parecen a un viejo amigo de Soul. Cuando perdió el brazo derecho, ese amigo también se puso un cañón para cubrir el miembro que le faltaba. Pero el viejo amigo de Soul era un hombre de carne y hueso, con sentimientos y honor... Nadie debería volverse un arma de matanza como esta.

Marionetas cubiertas de oro de la cabeza a los pies, con enormes púas que sustituyen ambos antebrazos desde los codos. Las conciencias selladas en su interior pertenecieron a discípulas del Mandato que se arrodillaban ante la estatua de la Dama. La Secta de los Hilos Vinculantes les permitió vislumbrar algo mucho más grandioso en la Disonancia. Al principio, el terror y el asombro las abrumaron. Después, la devoción fue lo único que les quedó a sus mentes destrozadas. Para servir a esa fe retorcida, se arrancaron los frágiles brazos de marioneta y los sustituyeron por púas letales, matando a cualquiera que pudiera impedir el descenso de la Dama. Incluso vertieron oro fundido sobre sus cuerpos para adoptar una forma que esperaban que le agradara, todo por obtener la más mínima muestra de su favor.

Marionetas que empuñan paraguas de dientes de hierro afilados como cuchillas. Al girar sus cubiertas, desatan un ataque mortal tras otro, pero sus movimientos son deslumbrantes y elegantes, pues la Dama del Velo prefiere todo lo refinado. Las mentes transferidas a estas marionetas pertenecieron en otro tiempo a las artistas de la Mansión del Espejismo. Antes bailaban en los patios con sombrillas de seda y papel para deleitar al público. Ahora ofrecen a la Dama una danza de matanza. Siempre se han quedado a un paso de convertirse en marionetas de «clase Receptáculo». Pero eso no importa. Servir a la Dama es el mayor honor, aunque eso implique acabar hechas pedazos.

Marionetas Yang de lanza y escudo envueltas en un aura púrpura y fantasmal. Sus escudos muestran un rostro colérico con las fauces abiertas de par en par para intimidar al enemigo. Su defensa es tan sólida como un muro de hierro, y la boca del escudo puede escupir llamas del caos. Sus técnicas de lanza son despiadadas e imprevisibles y, aunque las grietas se extiendan por sus cuerpos, jamás retroceden. Seleccionadas mediante pruebas implacables y entrenadas como armas, hace tiempo que perdieron las emociones que tenían como seres humanos. Lo que queda de sus conciencias destrozadas se sostiene sobre una única creencia inquebrantable: cuando descienda la Dama, les concederá cuerpos nuevos con los que recorrer el nuevo mundo.

Marionetas Yang que empuñan pesadas alabardas y tienen afiladas cuchillas en lugar de pies. Las cuchillas rozan el suelo como si se deslizaran sobre hielo, permitiéndoles avanzar y girar para atacar por sorpresa e introducir en sus enemigos el frío que hiela los huesos acumulado en sus alabardas. Todas eligieron convertirse en marionetas. Sus cuerpos de carne y hueso ya habían quedado destrozados luchando por la Dama, así que los abandonaron para seguir matando con una devoción inquebrantable dentro de frías carcasas que nunca sangran ni se cansan.

Cabezas flotantes de Marionetas Yin, con los rostros retorcidos en muecas grotescas. En el interior de sus cráneos destrozados arden sin cesar las llamas del caos. Los horrores de la Disonancia consumieron sus cuerpos y obligaron a las conciencias atrapadas en su interior a vislumbrar un terror capaz de destruirlo todo, sumiéndolas para siempre en el delirio y la locura. Chillan casi sin descanso, desesperadas por introducir a la fuerza el aterrador abismo que vislumbraron en la mente de todo ser vivo con el que se cruzan.

Una muchacha que lleva una capucha de muñeco de cabeza grande, con una mitad del rostro sonriente y la otra llorosa. Pasaba los días esperando a su padre y las noches llorando sobre la almohada. Quizá sus lágrimas empaparon un lado de la capucha y le dieron esa extraña expresión de alegría y tristeza. Su padre la quería lejos de las hojas del Wulin, con la esperanza de que viviera en paz y contenta. Antes de morir, le dejó una carta advirtiéndole de las tentaciones de los espíritus malignos... pero nunca llegó a sus manos. Sin su padre, no tiene un lugar al que llamar casa. Confió en los miembros enmascarados de la Secta de los Hilos Vinculantes, creyendo que podrían ayudarla a encontrarlo. En cambio, la sometieron a la Trascendencia y le colocaron la capucha, que ya nunca podría quitarse. Aún busca a su padre, pero solo ha encontrado marionetas tan solas y desamparadas como ella. Las llama «amigas» y juntas detienen a los transeúntes, buscando rastros de sus seres queridos. Quien quiera hacerle daño tendrá que vérselas primero con sus «amigas».