Marionetas con aspecto de ancianos del pueblo, con la cabeza envuelta en un inquietante resplandor verde. Al ver a alguien, arrancan la cabeza y la estrellan contra el suelo. Momentos después, la cabeza estalla y despliega una amplia nube venenosa.
Al principio, los ancianos se opusieron con firmeza a convertir el salón ancestral en un templo de la Dama. Quien lo sugería era acusado de traicionar a los antepasados.
A medida que las marionetas de madera invadían el pueblo, sus protestas se apagaron. Incluso empezaron a llevar, antes de dormir, las flores rojas otorgadas por el Heraldo.