Carniceros sometidos a la trascendencia. Las máscaras de cobre que suprimen su Sha-Chi cuelgan torcidas de sus rostros, para que puedan comer cuando quieran.
Sus ganchos de hierro arrastran a los enemigos lejanos hasta el filo de sus cuchillas, mientras la inmundicia que vomitan forma un miasma venenoso a su alrededor. Cuando empiezan a devorar trozos de carne, recuperan fuerzas para un nuevo ataque asesino.
Cuando se acaba la comida, la carne humana es el mejor manjar. Ahora, hasta eso escasea. Solo quedan perros hambrientos y frenéticos junto a sus mesas de carnicero, esperando su parte de sobras y huesos.