Cuando empuña aquella hoja de acero, la escarcha cubre el filo y el hielo se aferra a su lomo. Convoca el viento y la nieve y clava la hoja en la tierra para levantar una enorme ola de nieve. Una ráfaga de frío congela al instante todo lo que toca, atrapando la sangre y los meridianos en el hielo.
La segunda hermana era apegada por naturaleza y dependía de sus hermanas mayor y menor para todo. Amaba el hielo desde pequeña: su superficie, clara como un espejo, reflejaba sus ojos puros. El hielo nunca la regañaba; solo la escuchaba. Poco a poco empezó a temerle al mundo, pero nunca al hielo. Siguiendo sus destellos fríos, entró en el reino helado y se volvió una con el hielo. Desde entonces temía cualquier calor del mundo.
Más tarde superó su miedo por primera y única vez: bebió la medicina ardiente con la esperanza de reunirse con sus hermanas. Hizo una muñeca de tela de tres cabezas sonrientes, las tres almas como una, tal como habían prometido no separarse jamás. Sus palabras se hicieron realidad. De algún modo, la muñeca se volvió la criatura grotesca que es hoy, y durante veinte años las hermanas no han podido separarse. El fuego de su hermana menor le quema la piel sin cesar y la hunde cada vez más en la locura y el miedo. Antes las tres hermanas se complementaban; ¿cómo pudo compartir un solo cuerpo convertir su vínculo en semejante tormento?