Marionetas cubiertas de oro de la cabeza a los pies, con enormes púas que sustituyen ambos antebrazos desde los codos.
Las conciencias selladas en su interior pertenecieron a discípulas del Mandato que se arrodillaban ante la estatua de la Dama. La Secta de los Hilos Vinculantes les permitió vislumbrar algo mucho más grandioso en la Discordancia. Al principio, el terror y el asombro las abrumaron. Después, la devoción fue lo único que les quedó a sus mentes destrozadas.
Para servir a esa fe retorcida, se arrancaron los frágiles brazos de marioneta y los sustituyeron por púas letales, matando a cualquiera que pudiera impedir el descenso de la Dama. Incluso vertieron oro fundido sobre sus cuerpos para adoptar una forma que esperaban que le agradara, todo por obtener la más mínima muestra de su favor.