Bandidos con podao, armadura tosca y gastada, máscaras gruesas para reprimir el Sha-Chi. Su manejo del sable es mediocre, y a menudo arrojan arena a los ojos del rival para nublarle la vista, a la espera de asestar un golpe mortal.
Pensaron unirse al Mandato. Sabían que debían ofrecer un obsequio para que un maestro los aceptara como discípulos. Llevaron cestas y cestas de grano y tela, pero nadie los llevó ante una secta para pedir el ingreso. Encolerizados, abatieron a varios miembros del Mandato, huyeron a lo más hondo de las montañas y vivieron a su antojo con el poder de la Trascendencia.